La Señora recogió los restos de su mirada que había extendido por los humedales, mientras con la mano libre componía su moño dorado con gesto de automatismo doméstico; con la otra mano apretaba con fuerza el pañuelo rojo que Billy le había bajado del dormitorio. La tarde renunciaba a luchar en un crepúsculo deshilvanado y lívido. La Señora no lloraba, aunque sus hombros experimentaban un ligerísimo temblor que anunciaba el pronto espasmo de la angustia, la inminente crisis de llanto y de dolor. Billy, desde la entrada del salón la miraba de espaldas junto al ventanal, arrugando su sombrero de paja y pidiéndole a Dios que la Señora no llorara, que no sufriera, que las cosas fueran de otra manera. Billy tenía tantas pecas en su cara como anhelos por cumplir. En Navidad ya tendría dieciséis años y ella le había prometido un caballo. Era tan buena con él. Querría acercarse a ella, decirle una palabra mágica que la hiciera olvidar todas sus penas, que la hiciera sonreír o, mejor, reír a carcajadas. Pero quizás ni sepa que Billy está allí detrás, esperando que le diga que se marche. Hasta él llega su olor. ¡Qué bien huele siempre! Huele a lavanda, a limón, a canela, huele como huelen las cosas que jamás serán tuyas y las amas más que a nada en el mundo.
78. Un flirt en Sinaloa
La Señora recogió los restos de su mirada que había extendido por los humedales, mientras con la mano libre componía su moño dorado con gesto de automatismo doméstico; con la otra mano apretaba con fuerza el pañuelo rojo que Billy le había bajado del dormitorio. La tarde renunciaba a luchar en un crepúsculo deshilvanado y lívido. La Señora no lloraba, aunque sus hombros experimentaban un ligerísimo temblor que anunciaba el pronto espasmo de la angustia, la inminente crisis de llanto y de dolor. Billy, desde la entrada del salón la miraba de espaldas junto al ventanal, arrugando su sombrero de paja y pidiéndole a Dios que la Señora no llorara, que no sufriera, que las cosas fueran de otra manera. Billy tenía tantas pecas en su cara como anhelos por cumplir. En Navidad ya tendría dieciséis años y ella le había prometido un caballo. Era tan buena con él. Querría acercarse a ella, decirle una palabra mágica que la hiciera olvidar todas sus penas, que la hiciera sonreír o, mejor, reír a carcajadas. Pero quizás ni sepa que Billy está allí detrás, esperando que le diga que se marche. Hasta él llega su olor. ¡Qué bien huele siempre! Huele a lavanda, a limón, a canela, huele como huelen las cosas que jamás serán tuyas y las amas más que a nada en el mundo.
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