Santo Tomás de Aquino fue un mediocre cocinero mucho antes de ser un no tan mediocre fraile. Su hermano, que también fue santo, pero que nadie recuerda su nombre, ni yo tampoco, se llamaba Pelayito. Este chico era un mes mayor que Tomasín y dieciocho años mayor que la niña de mi dentista, Sor Inés de la Ventresca, que no tiene nada de santa y, para mí, que ejerce en ocasiones ciertas artes meretricias que le reportan pingües beneficios a la joía. Si bien el bonete parroquial es, per se, merecedor de todos mis respetos, me abstengo de indicar lo que pienso de la mitra obispal, o del capelo cardenalicio, por no hablar de la tiara papal. Un día pinté un óleo en el que el párroco Toño, el obispo Aróstegui, el cardenal von Poppel y el papa Eusebio CCVII intercambiaban sus gorritos frente al edificio de la Masonería de Trípoli. Fue muy aclamado este cuadro mío en el certamen anual de la Academia, mereciendo encendidos elogios de Eulogio Bañuelo, el famoso acuarelista semigallego, aunque el primer premio se lo llevó mi hijo Garcipérez, que me pintó a mí, vestido de húsar de medio cuerpo hacia arriba y desnudo el resto, pero con botas. Un genio. Me siento muy orgulloso del niño. La vida entre sotanas y pinceles es dulce y leve como una breva, suave y digna como el jugo de la cotufa.
82. Güelfos y gibelinos
Santo Tomás de Aquino fue un mediocre cocinero mucho antes de ser un no tan mediocre fraile. Su hermano, que también fue santo, pero que nadie recuerda su nombre, ni yo tampoco, se llamaba Pelayito. Este chico era un mes mayor que Tomasín y dieciocho años mayor que la niña de mi dentista, Sor Inés de la Ventresca, que no tiene nada de santa y, para mí, que ejerce en ocasiones ciertas artes meretricias que le reportan pingües beneficios a la joía. Si bien el bonete parroquial es, per se, merecedor de todos mis respetos, me abstengo de indicar lo que pienso de la mitra obispal, o del capelo cardenalicio, por no hablar de la tiara papal. Un día pinté un óleo en el que el párroco Toño, el obispo Aróstegui, el cardenal von Poppel y el papa Eusebio CCVII intercambiaban sus gorritos frente al edificio de la Masonería de Trípoli. Fue muy aclamado este cuadro mío en el certamen anual de la Academia, mereciendo encendidos elogios de Eulogio Bañuelo, el famoso acuarelista semigallego, aunque el primer premio se lo llevó mi hijo Garcipérez, que me pintó a mí, vestido de húsar de medio cuerpo hacia arriba y desnudo el resto, pero con botas. Un genio. Me siento muy orgulloso del niño. La vida entre sotanas y pinceles es dulce y leve como una breva, suave y digna como el jugo de la cotufa.
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