38. La hora azul


          La guillotina, más concretamente la pieza de hierro colado y afilado que entraba en contacto con el cuello de los ajusticiados, hubo de ser cambiada once veces en seis meses, pues el desgaste a que era sometida la volvía roma e inoperante para su función cercenadora. Isabelle Laforeau, camarera de María Antonieta, consiguió del verdugo su último deseo, que no fue otro que el de disponer al revés su cuerpo para la ejecución, es decir, con los ojos mirando al cielo, para ver como se deslizaba la cuchilla hasta el último momento. Tenía veintidós años y un talento ciertamente enfermizo para llevar los juegos hasta su límite. En Versalles era la secreta alcahueta que organizaba los muy reservados encuentros entre los más salaces miembros de la corte. No es momento ni sitio para entrar en pormenores. Los más curiosos pueden leer sus memorias, en donde hallarán relatadas con una meticulosidad cercana a lo morboso, todas sus habilidades. Dejo aquí la reseña de la publicación: Diarie obscur d’une chambraise du Versalles. Ed. Bouchard, París. 1922. Hay traducción en castellano: Agricultura cristiana. Ediciones Pontificias. Salamanca. 1957.

37. Una llamada perdida


          Los párpados de Flora Puk velan intermitentes sus pupilas. A su través casi se intuye el jaspeado azul cobalto de su iris. Las lágrimas de Flora Puk nacen alumbradas de sus ojos como recién nacidos de cristal. Es emocionante acariciar su llanto con ternura. ¿Por qué llora Flora Puk? Porque necesita hacerlo, porque el redil de sus penas ha reventado las costuras de su alma, y porque sabe que estoy aquí.
          Los gatos de Flora Puk se escapan por los tejados. Necesitan escapar, huir de todas las melancolías. Los gatos de Flora Puk tienen la piel atigrada y parecen miniaturas de animales más feroces. Es adormecedor verlos recogerse en el regazo de Flora Puk. ¿Qué les hace escapar? Se van no sólo huyendo de la tristeza, también huyen un poco de la felicidad a la que dan escaso valor, muy poca importancia.

36. Insight


          Hoy hace un día gris tisis. Una lluvia absurda gotea algo desesperada entre las viejas antenas de televisión. Hoy hace un día gris panza de burra. La lluvia llueve llaves sin saber por qué. Hoy hace un día gris galerna. Llueve como llovería un sólido bloque de pedernal. Hoy hace un día gris tótem. La lluvia llora yemas de flores, quizá lotos o nenúfares (?). Hoy hace un día gris negocio. La lluvia toca en su caída instrumentos nuevos, confusos y claramente abyectos. Hoy hace un día gris comisaría. Llueve sí, llueve con la indiferencia natural con que me miran las mujeres de Milán. Hoy hace un día gris suburbano. Las gotas de lluvia se repelen entre ellas con furia medida. Hoy hace un día gris bálsamo. Continúa lloviendo con una lluvia envidiosa de otros días más lluviosos y mejores. Hoy hace un día gris muchedumbre. La lluvia me ha calado hasta el fondo de mi simpatía por los gitanos. Hoy hace un día gris galés. La lluvia ha cesado. Yo sigo gris y húmedo, y tengo mucho miedo.

35. Ardor brutal


          El néctar de gladiolo es el ingrediente principal del veneno alicantino. Lo que tuerce la masa del caramelo no es la habilidad del dulcero, sino su pensamiento glacial. La turba mediterránea domina a la horda atlántica y apenas, casi por los pelos, a la hueste cantábrica. Los clarines tauromáquicos entonan la asfixia de sus notas en el enjambre torero del albero carnavalesco. La Academia dictamina las dos o tres diatribas que han de verter los intonsos bachilleres en el acto de clausura. El celibato se extiende por el continente con lentitud, parsimonia, a veces con cierta indolencia o desidia. Los hipermercados refugian familias enteras de coleópteros metropolitanos. El semáforo de Palacio tiene, como todos, tres luces de diverso color: el gris trufa, el blanco quebrado y el negro aborigen. Bielas y cigüeñales componen un grupo de elementos imprescindible para el desarrollo sostenible del abecedario. El corso mata al dálmata que roba al albano. El alcaucil y el orozuz combinan difícilmente y cohabitan aún peor. El mirto y la mirra añeja no son tubérculos, aunque vistos desde arriba así lo parezcan. Denme dinero.

34. La ausencia de Yahvé


          El sexo de los demonios viene definido por la altura de los sextantes de sus credos cismáticos. Así, las demonias de alto rango, como Yuhnamú o Síbahna, lo son por la disposición de la fe que acogieron en sus pupilas de fuego eterno, y no por las maritales consecuencias de sus amores promiscuos. La Cábala intenta poner un muro de humo agnóstico que enturbie el devenir de las futuras guerras santas. El Apocalipsis, no obstante, deja vías abiertas por donde el pensamiento medieval menos tomista adopta posturas más acordes con el pensamiento oriental. Conocer, como conocemos, que el diablo es japonés, que siempre lo fue, y que siempre lo será, no necesariamente ha de dejarnos desnudos frente a la epistemología agresiva de Europa, sino más bien nos ha de abrir el entendimiento a nuevas formas de definición erótica, al menos en cuestiones de demonología práctica. Encíclica tras encíclica estas idea se afianzan y el compromiso con ellas nos renueva los viejos conceptos. Por tanto, y con esto acabo, los extremos del mal llegan a subvertir las ideas primigenias del sexo demoniaco, y dejan entrever un futuro de revólveres más leves y acariciadores. Que así sea.

33. El humo más tenue


          El vagón de metro estaba lleno de chiquillos con bufandas multicolores, todos bullían entre risas y empujones. El que esos niños alegres se convirtieran de pronto en bombonas de gas butano nos llenó a todos de esperanza y de consuelo. Los pocos adultos que allí nos encontrábamos adaptamos nuestra forma de vida a las nuevas circunstancias del momento. Unos decidieron abrir una carnicería, otros, untar de sebo los baúles de la abuela, y yo, casarme con una lotera de Triana. Nevaba copiosamente cuando salimos a la superficie; cada uno tiró por su lado. Los transeúntes, todos vestidos de verde césped, miraban con confianza inaudita los copos que con exasperante lentitud caían del cielo gris. Los gatos me rehuían como si los fuera a exorcizar con agua maldita, y las señoras me sonreían como monas de cuartel. Cuando empezaba a anochecer las calles se llenaron de martillos, de los bares salía el aroma de fritangas rumorosas, los coches se hacían transparentes, el reloj del ayuntamiento era un mejillón palpitante, y yo provocaba en los portales las ansias asesinas de las porteras. Cerca de mi casa comencé a ladrar, cerca de mi casa lamenté no haber concedido la mano de mi hija al hijo del Sultán.

32. Productos de limpieza


          Los vencejos alborotaban la bruma. Del pantano (siempre suele aparecer la palabra “pantano” cerca de las palabras “vencejo” y “bruma”) del pantano, decía, surgía un hedor espectral, y unas sombras (siempre suele aparecer la palabra “sombra” cerca de la palabra “espectral”) y unas sombras, decía, inquietas como asesinos en la noche (siempre suele aparecer la palabra “noche” cerca de la palabra “asesino”) como asesinos en la noche, decía, sugerían una misteriosa huída o una tragedia cercana (siempre suele aparecer la palabra “tragedia” cerca de la palabra “misterio”) una tragedia cercana, decía, que probablemente hubiera ocurrido en el viejo caserón (siempre suele aparecer la palabra “caserón” cerca de la palabra “viejo"). Resumiendo: hay un pantano maloliente lleno de pájaros, es de noche, hay neblina y por allí se ven unas sombras que el narrador supone son facinerosos que huyen tras haber cometido algo ignominioso en un edificio en ruinas cercano. Más tarde quedó comprobada la certeza de estos hechos.

31. La indecisión


          Es por todos, conocido el aforismo, que se adscribe al ingenio del poeta alemán Hölderlin, que dice así. “Du musst dich mehr anstrengen, sonst schaffst du es nicht”, cuya traducción, algo libre, sí, pero también más hermosa es, aproximadamente, así: “Siente cómo ronronea el gato esperanzado en el regazo de la dulce abuela”. Hölderlin, el pobre, estuvo una buena temporada encerrado en un psiquiátrico de Tubinga, en donde ejercía su poder omnímodo el Dr. Sinclair, cuyas novedosas técnicas terapéuticas fueron experimentadas por primera vez en la persona de nuestro desdichado poeta. Duchas de orina galvanizada, dieta estricta de harina de almortas tostada, aplicación de electrodos rectales, inmersiones en lodos sulfurosos, lobotomías seriadas, y memorización rápida de epigramas en hebreo fueron algunos de los procedimientos utilizados por el Dr. Sinclair para la deseada curación de nuestro querido Hölderlin y que, ya se puede decir, obtuvieron un resultado aproximado a cero. A Sinclair no le gustaba la poesía. Era adicto a los solos de trompeta, a las setas de adviento, a los lupanares impostados y a la literatura escolástica.

30. Amores decisivos


          Entre los mejores poetas de mi bloque se halla Li Tsu. Sólo ha escrito un verso, un octosílabo dedicado en su totalidad a la pasión que arrasa su alma: su amor turbulento por la afamada concertista de acordeón, Aglaya Popovna, hija de Theodor Popov, el actual subsecretario para Asuntos Delicados del Ministerio de Asunto Exteriores y, a la sazón, buen catador de jarabes mucolíticos. También vive en mi bloque un chino enamorado de una acordeonista rusa, hija de un político que tose mucho. Ambos chinos se parecen mucho, aunque no deben de llevarse bien pues nunca los veo juntos, y eso que viven en el mismo rellano. Los chinos, ya se sabe, son muy suyos.