38. La hora azul


          La guillotina, más concretamente la pieza de hierro colado y afilado que entraba en contacto con el cuello de los ajusticiados, hubo de ser cambiada once veces en seis meses, pues el desgaste a que era sometida la volvía roma e inoperante para su función cercenadora. Isabelle Laforeau, camarera de María Antonieta, consiguió del verdugo su último deseo, que no fue otro que el de disponer al revés su cuerpo para la ejecución, es decir, con los ojos mirando al cielo, para ver como se deslizaba la cuchilla hasta el último momento. Tenía veintidós años y un talento ciertamente enfermizo para llevar los juegos hasta su límite. En Versalles era la secreta alcahueta que organizaba los muy reservados encuentros entre los más salaces miembros de la corte. No es momento ni sitio para entrar en pormenores. Los más curiosos pueden leer sus memorias, en donde hallarán relatadas con una meticulosidad cercana a lo morboso, todas sus habilidades. Dejo aquí la reseña de la publicación: Diarie obscur d’une chambraise du Versalles. Ed. Bouchard, París. 1922. Hay traducción en castellano: Agricultura cristiana. Ediciones Pontificias. Salamanca. 1957.

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