El vagón de metro estaba lleno de chiquillos con bufandas multicolores, todos bullían entre risas y empujones. El que esos niños alegres se convirtieran de pronto en bombonas de gas butano nos llenó a todos de esperanza y de consuelo. Los pocos adultos que allí nos encontrábamos adaptamos nuestra forma de vida a las nuevas circunstancias del momento. Unos decidieron abrir una carnicería, otros, untar de sebo los baúles de la abuela, y yo, casarme con una lotera de Triana. Nevaba copiosamente cuando salimos a la superficie; cada uno tiró por su lado. Los transeúntes, todos vestidos de verde césped, miraban con confianza inaudita los copos que con exasperante lentitud caían del cielo gris. Los gatos me rehuían como si los fuera a exorcizar con agua maldita, y las señoras me sonreían como monas de cuartel. Cuando empezaba a anochecer las calles se llenaron de martillos, de los bares salía el aroma de fritangas rumorosas, los coches se hacían transparentes, el reloj del ayuntamiento era un mejillón palpitante, y yo provocaba en los portales las ansias asesinas de las porteras. Cerca de mi casa comencé a ladrar, cerca de mi casa lamenté no haber concedido la mano de mi hija al hijo del Sultán.
33. El humo más tenue
El vagón de metro estaba lleno de chiquillos con bufandas multicolores, todos bullían entre risas y empujones. El que esos niños alegres se convirtieran de pronto en bombonas de gas butano nos llenó a todos de esperanza y de consuelo. Los pocos adultos que allí nos encontrábamos adaptamos nuestra forma de vida a las nuevas circunstancias del momento. Unos decidieron abrir una carnicería, otros, untar de sebo los baúles de la abuela, y yo, casarme con una lotera de Triana. Nevaba copiosamente cuando salimos a la superficie; cada uno tiró por su lado. Los transeúntes, todos vestidos de verde césped, miraban con confianza inaudita los copos que con exasperante lentitud caían del cielo gris. Los gatos me rehuían como si los fuera a exorcizar con agua maldita, y las señoras me sonreían como monas de cuartel. Cuando empezaba a anochecer las calles se llenaron de martillos, de los bares salía el aroma de fritangas rumorosas, los coches se hacían transparentes, el reloj del ayuntamiento era un mejillón palpitante, y yo provocaba en los portales las ansias asesinas de las porteras. Cerca de mi casa comencé a ladrar, cerca de mi casa lamenté no haber concedido la mano de mi hija al hijo del Sultán.
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