8. No lo vamos a necesitar


          Es sin duda una lacra, la perdición de los hombres, la insidia de gobernantes y toreros. Si el Sumo Hacedor nos hiciera sufrir lo que nuestros gestores desean para nosotros, dejaríamos de oír el canto de las alondras voraces, y el piafar de los caballos ostreros, y la cándida voz de Cándida Barrueta, esquiladora audaz donde las haya, que en alguna ocasión esquiló once ovejas en el tiempo que se tarda en esquilar a doce. El protervo Segismundo estaba enamorado de ella hasta más allá de las fronteras de lo imposible, pero su amor era de azúcar, y las mozas de la aldea lo sabían, y mandaban osos caucásicos para que endulzaran sus rasposas lenguas con lametones al amor de Segismundo. El amor del joven se vio así desleído en saliva de oso y ya no pudo contenerse más y se quitó las vidas que guardaba en una cueva cercana a los Altos Hornos de Langreo. La comarca lloró el doble de lo que procedía por la muerte de Segismundo, el enamorado ovetense que, sin amor de esquiladora, yacía como aceituna sin hueso triturada por rueda de camión en autovía belga. Las coimas del almenar lloraron menos la pérdida, aunque compusiéronle a Segismundo unos versos pornográficos muy del estilo neocentista, que no es lugar éste para su exposición, dada la muy notable afluencia de chiquillos a estas amenas y vespertinas tertulias del parque.

7. Operación "Pez Martillo"


          En Laos me vi perdido. No más que en el pasillo del consistorio o en las baldosas de mi celda monacal. No estuve allí más de dos o tres horas, pero mis pulmones se llenaron rápidamente de las cenizas de escribientes incinerados sin más, por el simple hecho de serlo y estar allí en aquel momento. Si hubieran sido secretarios de embajada y hubieran estado en Mindanao, no los hubieran incinerado, tal vez fusilado o descuartizado con versos de malos poetas, pero nunca incinerado. Me voy a poner a dieta un lunes de éstos porque me lo piden todos los canónigos que veo. Las ciruelas son de un color lívido porque les gustan a todos los canónigos. Los canónigos son feligreses cárdenos que de hartazgos sucesivos de ciruelas claudias se ennoblecen ante la curia y son adornados con pequeños ascensos en el eterno escalafón eclesial. Comenzaré el próximo lunes. Satisfaré mis ansias con comestibles bélicos, y mis lamentos con pan ácimo de convento. Mis antepasados, que eran marionetas deshechas y viscosas, me lo agradcerán al menos.

6. Mudanzas


          Es trece de septiembre en algún lugar inhóspito de Croacia. Y sigue sin amainar. Estoy harto de este temporal de anémonas constante. Silbo una canción marinera que me enseñó un escocés de escaso entendimiento que se llamaba Busby, pero al que todos llamaban Busby. Su madre, sin embargo, lo llamaba Busby. La canción se silbaba con los ojos cerrados. Una mano debía apoyarse en alguna catedral prerrománica y la vestimenta debía ser poco llamativa, como la que usan varias mujeres de Quito. Las selvas están poco podadas en septiembre. Los campos de golf esperan a que once jesuitas vengan alguna vez a disputar un torneo. Los caimanes de los campos de golf nunca atacan a los sacerdotes. Yo conocí a una caimana que estuvo a punto de profesar la fe católica, pero al final se decidió por una práctica filantrópica afín, como era y es el padrinazgo de abuelas de Belfast. Lamento que mis enseres se subasten tan baratos en su puja de salida, no es culpa mía, el mercado impone sus reglas a todos. De cualquier forma unto de elixir bucal los espejos de la portería, por si acaso, no vaya a ser que el Príncipe venga a disponer y cuando el Príncipe dispone, todos sabemos lo que ocurre. ¡Viva la Francia libre!

5. La canción del verano


          Hoy es la búsqueda de oquedades lo que me trama el alma de metralla industrial y no otra cosa. Ayer fue el estrépito de mil pistolas derrengadas en odres de mantequilla albana y mañana será el piafar de caballos inconexos destruyendo esternones de estorninos enfurecidos y blasfemantes. Cuando todo pase, aún quedará el viciado aire de los estercoleros en donde se juegan hasta las pestañas los ministros del ramo de los países integrantes de la OCDE, de los países intrigantes de la DOCE, de los países ingratos de la DCOE, de los países instigadores de la OEDC, de los países ágrafos de la EOCD. Entonces cantaremos aquella cancioncilla de tierno recuerdo que comenzaba así: "L...." ¿La recuerdan ustedes? Sí, hombre, la cantaba mucho aquel artista de variedades, Marianito Bofarull Segrés, el niño prodigio que con tan sólo once días versificaba profundos alejandrinos en la incubadora, y que a las once semanas de vida murió en un prostíbulo de los arrabales comidito por las pústulas primerizas de la sífilis terciana. La copla, y su ensamblante bodrión de cuerna alba, es como la posesión feroz de los tractores soviéticos, que nunca deja nada al azar de los progroms ni a la dicha de los guetos deslizantes. Me traigo los recuerdos a manojos de los anaqueles de los dispensarios de los conventos de claustros reformados por insalubres grupos de arquitectos mellados y borrachos. Luego dispongo estos recuerdos, ya traducidos en cuartillas, y me los como adobados con pimienta amarilla, vinagre criollo, pimentón del Bierzo y comino del mar Egeo.

4. Lenin revisited


          La contienda tiene visos de eternizarse. Las fuerzas están tan equilibradas como la primera vez. Igual número de bajas en los dos frentes. Igual número de almas camino del Hades. Igual número de vísceras abonando el humus sobre el que discurre la penúltima batalla. La sangre fluye como río de lava pompeyana por los márgenes del campo de Agramante. El retumbo de las espingardas y el piafar de las cabalgaduras se confunden en el éter beligerante de la tarde guerrera. Nada queda al azar de la vesania de hombres, dioses y destinos. Los niños soldados, las mujeres soldados, las viejas y viejos soldados, todos meriendan pólvora y gemidos entreverados de odio. La alacena del diablo está bien pertrechada de sahumerios y espíritus enmohecidos. Está contento el diablo y excitado por el olor a carne todavía fluyente de linfa y vida. Así son los demonios de la guerra, asaltacamas abanderados de sueños rojos y salaces, y de una venalidad lacerante y ardorosa. La mies abrasada por la tea que nunca se consume; el fuego arrasador del estallido solar de la guerra.

P.D.: El mendrugo depositado en la urna expoliada se somete a un proceso de vigilancia fiscal por parte de las autoridades del consistorio y, sin menoscabo de lo dictaminado con anterioridad por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, se pasa a la segunda fase del experimento, es decir, a la fase de deturpación sísmica o flogginknipping, en la que dos ediles provectos y debidamente asimilados acuden al foro internacional correspondiente a ensamblar viudas con aparejo mostrenco.

3. Es un hecho


          Denosté en público a un señor que tenía la cara del prioste Johannes de Friburgo. Luego, en el anfiteatro, reposando mi mejilla izquierda en el aterciopelado y sonrosado pecho de Lady Brahburst, me acorde de él y me sentí triste y turbio como los landós de Ackerville cuando parecen desaparecer en el camino de entrada a la mansión de Lord Peerhurst, en Sussex. Nunca debí denostar en público a aquel señor que tenía la cara del prioste Johannes. No me gusta sentirme triste y turbio como los landós de Ackerville cuando parecen desaparecer en el camino de entrada a la mansión de Lord Peerhurst, en Sussex. Me gusta sentirme como el duendecillo del campanario octogonal de la ciudad de Groningen. Este duendecillo fuma en cachimbas de espuma de mar sentado en el balaústre de la iglesia que le sirve de refugio y hogar. Cuando algunas veces lo veo, me pregunta por mi espalda y por la señora Altmund, mi confesora y mi corredora de apuestas en el hipódromo de Cambray. No son todas estas cosas para pensarlas aquí en el anfiteatro, sobre el sosegante pecho de Lady Brahburst. Ahora debería incorporarme y besarla con una pasión comedida, pero la función va a empezar. En el entreacto la acometeré con un deseo menos controlado, más viril y desenfrenado.

2. Estudios aeronáuticos


          Simpatizo con las cotorras de Manila. No simpatizo con Morgan Freeman padre. A veces simpatizo con Ferdinand Musátegui, esclarecedor de nenúfares en la margen izquierda del Dniéper. Sin embargo, cuando llego a Hipona y me entero de que en esa ciudad ejerció San Agustín su pastorado, me entra un ligero cosquilleo entre las vértebras 3ª y 4ª lumbares, las denominadas vértebras sarracenas (conocidas así por su exquisito gusto para decorar los lupanares de Coimbra). Del cosquilleo paso a la más aguda de las tristezas, sólo comparable a la que me producen los mendigos de la Avenida Michigan de Chicago, ciudad que no he visitado nunca pero a la que, no obstante, sí he recibido varias veces en mi residencia de verano, cerca de Troya. Las medias de seda las dejo para ciertos eventos más proclives a la salacidad de los catetos del Pirineo. A ellos, que manejan dinero a espuertas, se las pongo a 11 euros la docena y las pagan sin rechistar. Luego, se las regalan a las brujas cuévanas del Paralelo y con ello se creen que ganan las bulas papales prometidas a sus ancestros. ¡Inocentes! No saben que los papas antiguos eran mendaces como los colibrís escarnecidos por la molicie del Loro Juan.

1. ¿Qué es Fumpamnusses!?


          ¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castelgandolfo.