6. Mudanzas


          Es trece de septiembre en algún lugar inhóspito de Croacia. Y sigue sin amainar. Estoy harto de este temporal de anémonas constante. Silbo una canción marinera que me enseñó un escocés de escaso entendimiento que se llamaba Busby, pero al que todos llamaban Busby. Su madre, sin embargo, lo llamaba Busby. La canción se silbaba con los ojos cerrados. Una mano debía apoyarse en alguna catedral prerrománica y la vestimenta debía ser poco llamativa, como la que usan varias mujeres de Quito. Las selvas están poco podadas en septiembre. Los campos de golf esperan a que once jesuitas vengan alguna vez a disputar un torneo. Los caimanes de los campos de golf nunca atacan a los sacerdotes. Yo conocí a una caimana que estuvo a punto de profesar la fe católica, pero al final se decidió por una práctica filantrópica afín, como era y es el padrinazgo de abuelas de Belfast. Lamento que mis enseres se subasten tan baratos en su puja de salida, no es culpa mía, el mercado impone sus reglas a todos. De cualquier forma unto de elixir bucal los espejos de la portería, por si acaso, no vaya a ser que el Príncipe venga a disponer y cuando el Príncipe dispone, todos sabemos lo que ocurre. ¡Viva la Francia libre!

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