Denosté en público a un señor que tenía la cara del prioste Johannes de Friburgo. Luego, en el anfiteatro, reposando mi mejilla izquierda en el aterciopelado y sonrosado pecho de Lady Brahburst, me acorde de él y me sentí triste y turbio como los landós de Ackerville cuando parecen desaparecer en el camino de entrada a la mansión de Lord Peerhurst, en Sussex. Nunca debí denostar en público a aquel señor que tenía la cara del prioste Johannes. No me gusta sentirme triste y turbio como los landós de Ackerville cuando parecen desaparecer en el camino de entrada a la mansión de Lord Peerhurst, en Sussex. Me gusta sentirme como el duendecillo del campanario octogonal de la ciudad de Groningen. Este duendecillo fuma en cachimbas de espuma de mar sentado en el balaústre de la iglesia que le sirve de refugio y hogar. Cuando algunas veces lo veo, me pregunta por mi espalda y por la señora Altmund, mi confesora y mi corredora de apuestas en el hipódromo de Cambray. No son todas estas cosas para pensarlas aquí en el anfiteatro, sobre el sosegante pecho de Lady Brahburst. Ahora debería incorporarme y besarla con una pasión comedida, pero la función va a empezar. En el entreacto la acometeré con un deseo menos controlado, más viril y desenfrenado.
3. Es un hecho
Denosté en público a un señor que tenía la cara del prioste Johannes de Friburgo. Luego, en el anfiteatro, reposando mi mejilla izquierda en el aterciopelado y sonrosado pecho de Lady Brahburst, me acorde de él y me sentí triste y turbio como los landós de Ackerville cuando parecen desaparecer en el camino de entrada a la mansión de Lord Peerhurst, en Sussex. Nunca debí denostar en público a aquel señor que tenía la cara del prioste Johannes. No me gusta sentirme triste y turbio como los landós de Ackerville cuando parecen desaparecer en el camino de entrada a la mansión de Lord Peerhurst, en Sussex. Me gusta sentirme como el duendecillo del campanario octogonal de la ciudad de Groningen. Este duendecillo fuma en cachimbas de espuma de mar sentado en el balaústre de la iglesia que le sirve de refugio y hogar. Cuando algunas veces lo veo, me pregunta por mi espalda y por la señora Altmund, mi confesora y mi corredora de apuestas en el hipódromo de Cambray. No son todas estas cosas para pensarlas aquí en el anfiteatro, sobre el sosegante pecho de Lady Brahburst. Ahora debería incorporarme y besarla con una pasión comedida, pero la función va a empezar. En el entreacto la acometeré con un deseo menos controlado, más viril y desenfrenado.
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