Hoy es la búsqueda de oquedades lo que me trama el alma de metralla industrial y no otra cosa. Ayer fue el estrépito de mil pistolas derrengadas en odres de mantequilla albana y mañana será el piafar de caballos inconexos destruyendo esternones de estorninos enfurecidos y blasfemantes. Cuando todo pase, aún quedará el viciado aire de los estercoleros en donde se juegan hasta las pestañas los ministros del ramo de los países integrantes de la OCDE, de los países intrigantes de la DOCE, de los países ingratos de la DCOE, de los países instigadores de la OEDC, de los países ágrafos de la EOCD. Entonces cantaremos aquella cancioncilla de tierno recuerdo que comenzaba así: "L...." ¿La recuerdan ustedes? Sí, hombre, la cantaba mucho aquel artista de variedades, Marianito Bofarull Segrés, el niño prodigio que con tan sólo once días versificaba profundos alejandrinos en la incubadora, y que a las once semanas de vida murió en un prostíbulo de los arrabales comidito por las pústulas primerizas de la sífilis terciana. La copla, y su ensamblante bodrión de cuerna alba, es como la posesión feroz de los tractores soviéticos, que nunca deja nada al azar de los progroms ni a la dicha de los guetos deslizantes. Me traigo los recuerdos a manojos de los anaqueles de los dispensarios de los conventos de claustros reformados por insalubres grupos de arquitectos mellados y borrachos. Luego dispongo estos recuerdos, ya traducidos en cuartillas, y me los como adobados con pimienta amarilla, vinagre criollo, pimentón del Bierzo y comino del mar Egeo.
5. La canción del verano
Hoy es la búsqueda de oquedades lo que me trama el alma de metralla industrial y no otra cosa. Ayer fue el estrépito de mil pistolas derrengadas en odres de mantequilla albana y mañana será el piafar de caballos inconexos destruyendo esternones de estorninos enfurecidos y blasfemantes. Cuando todo pase, aún quedará el viciado aire de los estercoleros en donde se juegan hasta las pestañas los ministros del ramo de los países integrantes de la OCDE, de los países intrigantes de la DOCE, de los países ingratos de la DCOE, de los países instigadores de la OEDC, de los países ágrafos de la EOCD. Entonces cantaremos aquella cancioncilla de tierno recuerdo que comenzaba así: "L...." ¿La recuerdan ustedes? Sí, hombre, la cantaba mucho aquel artista de variedades, Marianito Bofarull Segrés, el niño prodigio que con tan sólo once días versificaba profundos alejandrinos en la incubadora, y que a las once semanas de vida murió en un prostíbulo de los arrabales comidito por las pústulas primerizas de la sífilis terciana. La copla, y su ensamblante bodrión de cuerna alba, es como la posesión feroz de los tractores soviéticos, que nunca deja nada al azar de los progroms ni a la dicha de los guetos deslizantes. Me traigo los recuerdos a manojos de los anaqueles de los dispensarios de los conventos de claustros reformados por insalubres grupos de arquitectos mellados y borrachos. Luego dispongo estos recuerdos, ya traducidos en cuartillas, y me los como adobados con pimienta amarilla, vinagre criollo, pimentón del Bierzo y comino del mar Egeo.
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