8. No lo vamos a necesitar


          Es sin duda una lacra, la perdición de los hombres, la insidia de gobernantes y toreros. Si el Sumo Hacedor nos hiciera sufrir lo que nuestros gestores desean para nosotros, dejaríamos de oír el canto de las alondras voraces, y el piafar de los caballos ostreros, y la cándida voz de Cándida Barrueta, esquiladora audaz donde las haya, que en alguna ocasión esquiló once ovejas en el tiempo que se tarda en esquilar a doce. El protervo Segismundo estaba enamorado de ella hasta más allá de las fronteras de lo imposible, pero su amor era de azúcar, y las mozas de la aldea lo sabían, y mandaban osos caucásicos para que endulzaran sus rasposas lenguas con lametones al amor de Segismundo. El amor del joven se vio así desleído en saliva de oso y ya no pudo contenerse más y se quitó las vidas que guardaba en una cueva cercana a los Altos Hornos de Langreo. La comarca lloró el doble de lo que procedía por la muerte de Segismundo, el enamorado ovetense que, sin amor de esquiladora, yacía como aceituna sin hueso triturada por rueda de camión en autovía belga. Las coimas del almenar lloraron menos la pérdida, aunque compusiéronle a Segismundo unos versos pornográficos muy del estilo neocentista, que no es lugar éste para su exposición, dada la muy notable afluencia de chiquillos a estas amenas y vespertinas tertulias del parque.

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