7. Operación "Pez Martillo"


          En Laos me vi perdido. No más que en el pasillo del consistorio o en las baldosas de mi celda monacal. No estuve allí más de dos o tres horas, pero mis pulmones se llenaron rápidamente de las cenizas de escribientes incinerados sin más, por el simple hecho de serlo y estar allí en aquel momento. Si hubieran sido secretarios de embajada y hubieran estado en Mindanao, no los hubieran incinerado, tal vez fusilado o descuartizado con versos de malos poetas, pero nunca incinerado. Me voy a poner a dieta un lunes de éstos porque me lo piden todos los canónigos que veo. Las ciruelas son de un color lívido porque les gustan a todos los canónigos. Los canónigos son feligreses cárdenos que de hartazgos sucesivos de ciruelas claudias se ennoblecen ante la curia y son adornados con pequeños ascensos en el eterno escalafón eclesial. Comenzaré el próximo lunes. Satisfaré mis ansias con comestibles bélicos, y mis lamentos con pan ácimo de convento. Mis antepasados, que eran marionetas deshechas y viscosas, me lo agradcerán al menos.

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