18. Las primeras catedrales


          Reconforta saber que nuestros ruidos digestivos no son el signo demoledor que para los antiguos egipcios constituían los referidos sonidos. Un habitante de Tebas hace tres mil años enmudecía, empalidecía, turbábase al oír como una porción de aire, producto de la descomposición orgánica de los alimentos en su aparato digestivo, se desplazaba de un tramo a otro de su colon. Para él era una llamada de la muerte que le avisaba de la veleidosa y efímera porción de vida que le había tocado vivir y de su pronta unión a los ejércitos de la muerte.
          En el antiguo Egipto las sirenas de las fábricas de relés para automoción (las mejores del Mediterráneo) se oían en un radio de dos mil estadios, estadio más, estadio menos.
          Los vendedores de pebeteros y sahumerios al por menor formaban cofradía, y una vez al año peregrinaban a la caverna negra de Im-Ahl-Asur, donde se les aparecía Fray Isidoro de Nápoles y el hijo de Aminhoteph II, el primer faraón eunuco y zurdo. Como piezas de un gran puzle sideral, los sacerdotes de palacio los esperaban de vuelta y después de merendar se unían ambos grupos (vendedores de pebeteros y sacerdotes) y bailaban lo que sabían. Era un clamor de alegría y entusiasmo verlos holgar de esa manera. Luego llegaron los judíos y se formó la que se formó.

17. K141


          El paseante suicida contaba mentalmente los días que le quedaban de vida antes de arrojarse a las vías del tren: trescientos once días. Se puede contar de otra manera que no sea mentalmente. Ejemplo: el paseante suicida contaba órficamente los días que le quedaban de vida antes de aherrojarse varias vieiras con las leznas enmohecidas pero flexibles de Sebas, el herrero loco del Albaicín. También se pueden contar cosas incontables, pero si el paseante o yo mismo las contásemos sería lamentable, muy lamentable, pues sumiríamos en el caos a algo o a alguien, quizá a usted, joven pulcro que a esto atiende con atención agradecible y positivamente ponderable. No haga caso a nadie que niegue lo aquí referido. Siempre haga caso a su madre, que nunca querrá verle reducido a la ridiculez de las mentiras, o a la medianía de la mediocridad inherente a la chusma que nos rodea. Sea ejemplo viviente de la ferocidad de su bonhomía. Honraremos su memoria cuando fallezca, pero la deshonraremos cuando desfallezca.

16. Un carnicero en Averdeen


           La invité a cenar en un restaurante etrusco que se encontraba en la confluencia de las calles A y B. Era un local lujoso, quizá excesivamente lujoso para ella. La dama se llamaba Casiopea y había nacido muy cerca de allí, en la confluencia de las calles C y D, al lado de la antigua farmacia militar. De primero pedimos una soflama de almortas y de segundo, también. De postre nos dejamos seducir por la recomendación del maître, que nos sorprendió con una turba de batata gris. Casiopea se encontraba acalorada y sus pómulos adquirían tonalidades de crepúsculo. Apenas hablamos durante la cena, tan sólo nos sonreímos entre plato y plato. Pagué en dracmas nuevos y felicité al chef. Retiramos nuestras cometas del guardarropa y fuimos a echarlas a volar a la rivera del río. La noche era sin luna. Cuando nos cansamos de volar las invisibles cometas nos besamos. Del bolsillo interior de mi abrigo extraje una caja de petardos y se la obsequié como muestra de mi afecto y lealtad por ella. Casiopea, emocionada, aceptó el regalo y murió entre mis brazos a los cuarenta y tres años, rodeada de nuestros hijos y nuestros nietos. Es evidente que algo que comimos en la cena le cayó mal.

15. La verdadera fe en la Cruz


           La especularidad es la capacidad para sentirnos espejos. La cananidad, la de sentirnos cananas. La Comandancia de Marina, sin embargo, no es nada, como tampoco lo eres tú cuando sueñas con espejos y cananas. Los caminos que convergen son sospechosos de conducir a los pecadores al mismo lugar. De ello se deduce que, al pecar, deberíamos divergir de los demás pecadores, de los demás actos pecaminosos, de los demás pensadores de bajura, y de la demonia Teresita.
          De cuantos sonetos compusieron los demócratas de Grecia, sólo queda uno. Se halla en una pequeña cajita negra, por cuya posesión luchan encolerizadamente las dos ramas de la familia Tanner desde hace trescientos once años. El próximo año hará trescientos doce y hace dos años, trescientos diez. Gestas Tanner fue el primer dueño de la cajita negra. Su hijo, Olof Tanner, fue el segundo, y así sucesivamente hasta llegar a Evita Tanner, su actual poseedora. Según la otra rama de los Tanner, la poseedora actual debería ser Tippy Tanner, sobrina del almirante Archibald W. Tanner, pero yo no entiendo de líos de familia, así que seguiré haciendo la compota de peras y membrillos, actividad ésta para la que creo haber nacido y de la que me siento ciertamente orgulloso. Me enseñó la receta tía Lily, persona a la que adoraba de niño y algunas veces de mayor. Su marido, el tío Francis era gitano y sólo comía despojos de matanza adobados. Mis primos eran pelirrojos y todos celíacos. La hora de la comida en casa de tía Lily era muy desconcertante, sin duda.

14. Animal Collective


           Sería conveniente invertir en bonos troceados de cererías toledanas o en cédulas hipotecarias de bancos suaves y rumorosos. Así preveríamos el futuro remoto, aquél que nos costará lo que le costó a Laurent diseñar sus laureados polos de sport para el caballero actual, deportista y hacendado, hedonista y directivo ambicioso, pero sobre todo locuaz contertulio y amante esposo.
          La lengua del Languedoc es de muy difícil comprensión para los cocineros, porque parte de sonidos muy alejados de los fogones. Los cocineros, la inmensa mayoría, saben o chapurrean el bable, porque el bable parte de sonidos muy cercanos a los fogones, a veces el bable parte del mismo interior de los fogones. La cocina asturiana es como la electrobotánica, o como el toreo de melón, o como un caballero joven con un polo gris mancebo sonriendo a una joven damita que huele pizpireta un ramito de violetas. Otras veces la cocina asturiana es otra cosa, pero yo no.

13. El kimono rosa


           Tradicionalmente, el hurbu macho deposita los huevos en unas cantimploras celestes que suelen hallarse en las tiendas de coloniales del extrarradio. Se necesitan dos machos y una hembra para la oviperación precisa, y tres hembras y un sacristán para una ovación imprecisa. Los aciagos días de monasterio y catequesis ya pasaron, sólo nos queda la salmodia intermitente de los monjes de canela. La tribu acompaña con su olor a misericordia. La tribu nos consuela de la ausencia cada vez más pesada, más compacta, como compacto es el plumaje del marabú austriaco de las marismas. Las señoras que no lo desean se abstienen de asistir a la asamblea, pero las que se emplean con denuedo, ésas sí van. Se escarnecen de fervor y se licuan como anguilas bimembres. Los señores que no se abstienen forman otra asamblea, pero inclinada, casi abatida, una suerte de colapso asambleario bifronte. Hombres y mujeres se enlodan de sabiduría sin abjurar, sin abdicaciones espurias, de manera luminosa, de cara al respetable, como el hijo de Tomás el Estratega, como la luna de mayo en Samarkanda.

12. Otra vez a Roma


           Se es un poco más cada día, o se es un poco menos cada noche, es lo mismo. A veces queremos ser no más, a veces queremos ser no menos, en estas ocasiones, lo que queremos ser es diferentes. Pero ser diferentes nos llevaría casi con toda probabilidad a no plantearnos ni esta posibilidad ni esta disyuntiva, o quizá sí, quién sabe.
          La verdadera historia, que es siempre mentira, que es siempre soñada, se resume en el grito proferido por una mujer dominicana recientemente asesinada, o por el estertor, último o penúltimo, exhalado por una abuela letona, a lo mejor vendedora en su juventud de piezas de tela robadas en el economato.
          Las milicias que jalonan el devenir de los tiempos sólo sirven para la emanación de la ponzoña, nunca fueron necesarias, los hombres hubieran conseguido llegar al exterminio sin necesidad de su costosa participación. La ecuación de la guerra y de su incógnita se guarda en las cuevas de guardarropía de la Escala de Milán, muy cerca de donde Mrs. Hartwood quedó desflorada por el insano Marqués de Lamartine, el mismo hombre que, años después, se arrojó al Etna en un intento absurdo de emular a Empédocles, filósofo éste, esnob hasta extremos siderales.

11. Madreselvas


           La lunática apareció en el bar de la estación a las ocho de la mañana como era su costumbre, ataviada con los harapos de costumbre y dejando ese tufillo agreste a basural y matojo húmedo. El arcipreste acabó con su caneco de anís de un sólo trago, pagó, se enfundó su guayabera imperial y tras soltar una blasfemia salió precipitadamente al frío andén. Monseñor, abjurando de su epidídimo, salió tras él, no sin antes abonar las tres últimas letras del piano al ditero Silas, que allí lo estaba esperando desde las tres de la madrugada. El perdonavidas de McKingley se hacía, como siempre, el loco tras su periódico atrasado, mientras el negro Freddy le limpiaba las botas con saliva y el mismo trapo de hacía treinta años. El bar quedó desgalichado con la salida de los dos eclesiásticos. La mosca Bruna dejó dos caquitas en la esquina superior izquierda del televisor Kolster, que dominaba la esquina superior derecha de la pared que enfrentaba la puerta del bar de la estación. La mosca Bruna había sido con anterioridad registradora de la propiedad en el condado de Shatesbury, la primera mosca registradora de la propiedad del Reino Unido. Pero abandonó tan prolijo quehacer por el de dejar caquitas en los ángulos superiores de televisores Kolster de bares de estación.

10. Fanny Riffle


          Es él sin duda alguna. No puedo equivocarme. Es él con toda seguridad. Si no lo fuera, las cisternas del gaseoducto no estarían nimbadas con los tremendos estertores de las últimas libélulas de la temporada. Ella también lo vio, un instante, pero lo vio con sus prismáticos de porcelana checa que le regaló su novio Matías, aquel que murió en la guerra por estar en el bando equivocado. Brígida también cree haberlo visto, aunque su visión está muy mermada por los tracomas continuos a que es sometida por los viajes frecuentes a la colonia saharaui donde esta afección es endémica, tú ya lo sabes. Debo recordarte que a través de valija diplomática te llegarán las cornucopias de fina estampa que robé en el Soho para ti. También le mando a tu madre los once pianos de pelusa que me encargó, y a tu hermano Andrew, el sello postal de las Islas Solomon con la efigie del Papa Neru que me solicitó tan insistentemente. Debo ya embarcar. Me despido con una angina especial que me llena el pecho de cobre y nafta, pero con la esperanza de una vuelta pronta a estas queridas tierras de salobre dulzor y verdorosa frondosidad donde he sido tan feliz como estrecho, tan dichoso como hirsuto, tan denostado como zaherido.

9. Es absolutamente verdad


          Las alacenas no son sitio vulnerable a la pereza de los loros, cacatúas, guacamayos y demás fauna carnavalesca. En pasajes escogidos por los dantistas menos cultos sólo se mencionan estos conceptos muy de tarde en tarde. Sí son mencionados los diferentes procesos industriales a que son sometidas las avellanas para ser utilizadas como esquirlas espirituales en los franciscanos jóvenes, como en el bello doncel de nombre Jerjes Nava Bru, ya coadjutor de acólitos lacayos, ya prefecto menor de canonjías mayores en la abadía de Pont de Vieux, Middlesex.
          Las aguas minerales que solían comercializarse en la zona del Bajo Metsz no eran de marcas conocidas. Las marcas más usuales eran: "Guacamaya Bru", "El Lorito Jerjes" y "El Agua del Pont Metsz", todas ellas muy ricas en sales cúpricas y argénticas. Beber agua es como respirar mazorcas en Hungría. Esto no es del todo tal y como lo digo, esto es una metáfora, difícil, pero metáfora al fin y al cabo, quizá sea una metáfora más allá de la metáfora: una meta-metáfora, para ser más precisos. Y ahora que ya saben todos ustedes algo más que ayer, dense un abrazo efusivo y azul y un beso esperanzado y claro como la alberca del tío Luis, recién encalada y adornada de geranios y madreselvas en las esquinas. Es hora de contar los accidentes. Es hora de escoger las lentejas para la olla de mañana.