Es él sin duda alguna. No puedo equivocarme. Es él con toda seguridad. Si no lo fuera, las cisternas del gaseoducto no estarían nimbadas con los tremendos estertores de las últimas libélulas de la temporada. Ella también lo vio, un instante, pero lo vio con sus prismáticos de porcelana checa que le regaló su novio Matías, aquel que murió en la guerra por estar en el bando equivocado. Brígida también cree haberlo visto, aunque su visión está muy mermada por los tracomas continuos a que es sometida por los viajes frecuentes a la colonia saharaui donde esta afección es endémica, tú ya lo sabes. Debo recordarte que a través de valija diplomática te llegarán las cornucopias de fina estampa que robé en el Soho para ti. También le mando a tu madre los once pianos de pelusa que me encargó, y a tu hermano Andrew, el sello postal de las Islas Solomon con la efigie del Papa Neru que me solicitó tan insistentemente. Debo ya embarcar. Me despido con una angina especial que me llena el pecho de cobre y nafta, pero con la esperanza de una vuelta pronta a estas queridas tierras de salobre dulzor y verdorosa frondosidad donde he sido tan feliz como estrecho, tan dichoso como hirsuto, tan denostado como zaherido.
10. Fanny Riffle
Es él sin duda alguna. No puedo equivocarme. Es él con toda seguridad. Si no lo fuera, las cisternas del gaseoducto no estarían nimbadas con los tremendos estertores de las últimas libélulas de la temporada. Ella también lo vio, un instante, pero lo vio con sus prismáticos de porcelana checa que le regaló su novio Matías, aquel que murió en la guerra por estar en el bando equivocado. Brígida también cree haberlo visto, aunque su visión está muy mermada por los tracomas continuos a que es sometida por los viajes frecuentes a la colonia saharaui donde esta afección es endémica, tú ya lo sabes. Debo recordarte que a través de valija diplomática te llegarán las cornucopias de fina estampa que robé en el Soho para ti. También le mando a tu madre los once pianos de pelusa que me encargó, y a tu hermano Andrew, el sello postal de las Islas Solomon con la efigie del Papa Neru que me solicitó tan insistentemente. Debo ya embarcar. Me despido con una angina especial que me llena el pecho de cobre y nafta, pero con la esperanza de una vuelta pronta a estas queridas tierras de salobre dulzor y verdorosa frondosidad donde he sido tan feliz como estrecho, tan dichoso como hirsuto, tan denostado como zaherido.
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