Tradicionalmente, el hurbu macho deposita los huevos en unas cantimploras celestes que suelen hallarse en las tiendas de coloniales del extrarradio. Se necesitan dos machos y una hembra para la oviperación precisa, y tres hembras y un sacristán para una ovación imprecisa. Los aciagos días de monasterio y catequesis ya pasaron, sólo nos queda la salmodia intermitente de los monjes de canela. La tribu acompaña con su olor a misericordia. La tribu nos consuela de la ausencia cada vez más pesada, más compacta, como compacto es el plumaje del marabú austriaco de las marismas. Las señoras que no lo desean se abstienen de asistir a la asamblea, pero las que se emplean con denuedo, ésas sí van. Se escarnecen de fervor y se licuan como anguilas bimembres. Los señores que no se abstienen forman otra asamblea, pero inclinada, casi abatida, una suerte de colapso asambleario bifronte. Hombres y mujeres se enlodan de sabiduría sin abjurar, sin abdicaciones espurias, de manera luminosa, de cara al respetable, como el hijo de Tomás el Estratega, como la luna de mayo en Samarkanda.

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