La lunática apareció en el bar de la estación a las ocho de la mañana como era su costumbre, ataviada con los harapos de costumbre y dejando ese tufillo agreste a basural y matojo húmedo. El arcipreste acabó con su caneco de anís de un sólo trago, pagó, se enfundó su guayabera imperial y tras soltar una blasfemia salió precipitadamente al frío andén. Monseñor, abjurando de su epidídimo, salió tras él, no sin antes abonar las tres últimas letras del piano al ditero Silas, que allí lo estaba esperando desde las tres de la madrugada. El perdonavidas de McKingley se hacía, como siempre, el loco tras su periódico atrasado, mientras el negro Freddy le limpiaba las botas con saliva y el mismo trapo de hacía treinta años. El bar quedó desgalichado con la salida de los dos eclesiásticos. La mosca Bruna dejó dos caquitas en la esquina superior izquierda del televisor Kolster, que dominaba la esquina superior derecha de la pared que enfrentaba la puerta del bar de la estación. La mosca Bruna había sido con anterioridad registradora de la propiedad en el condado de Shatesbury, la primera mosca registradora de la propiedad del Reino Unido. Pero abandonó tan prolijo quehacer por el de dejar caquitas en los ángulos superiores de televisores Kolster de bares de estación.

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