La invité a cenar en un restaurante etrusco que se encontraba en la confluencia de las calles A y B. Era un local lujoso, quizá excesivamente lujoso para ella. La dama se llamaba Casiopea y había nacido muy cerca de allí, en la confluencia de las calles C y D, al lado de la antigua farmacia militar. De primero pedimos una soflama de almortas y de segundo, también. De postre nos dejamos seducir por la recomendación del maître, que nos sorprendió con una turba de batata gris. Casiopea se encontraba acalorada y sus pómulos adquirían tonalidades de crepúsculo. Apenas hablamos durante la cena, tan sólo nos sonreímos entre plato y plato. Pagué en dracmas nuevos y felicité al chef. Retiramos nuestras cometas del guardarropa y fuimos a echarlas a volar a la rivera del río. La noche era sin luna. Cuando nos cansamos de volar las invisibles cometas nos besamos. Del bolsillo interior de mi abrigo extraje una caja de petardos y se la obsequié como muestra de mi afecto y lealtad por ella. Casiopea, emocionada, aceptó el regalo y murió entre mis brazos a los cuarenta y tres años, rodeada de nuestros hijos y nuestros nietos. Es evidente que algo que comimos en la cena le cayó mal.

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