39. Apuntes del natural

          
          Al amanecer, el sinvergüenza despierta sumido en el hedor de colillas añejas que rebosan los dos ceniceros de plata repujada que están sobre su mesilla de noche estilo isabelino. El sinvergüenza se ducha los jueves. Hoy es domingo, el primer domingo de Adviento, un domingo dominado por la fuerte galerna cantábrica. El sinvergüenza desayuna copos de avena o de cualquier otra cosa, pero siempre copos, de lo que sea: copos de altramuces, copos de calamar, copos de novicia... El sinvergüenza no trabaja nunca, y si alguna vez se atreve, se convierte en trampero, cazador de osos o desmollador de siringos ácidos, pero nunca lo veremos en negociados, despachos o sedes administrativas. Nunca se casa el sinvergüenza, las mozas lo rehúyen despavoridas, aunque las madres de las mozas bien que cohabitarían con él reiteradamente y con suma delectación, pero lo indecoroso del hecho las retiene casi siempre. El sinvergüenza lo es a tiempo completo, no existen casos de sinvergüenzas a tiempo parcial. Sus días pasan con la rapidez del vuelo del milano, y mueren jóvenes. A veces dejan un rastro de sangre, de dolor y, a veces, un rastro de cierta conmiseración o jocunda hilaridad. Es, por tanto, mucho mejor ser un sinvergüenza que ser un idiota.

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