65. Se puede ser cursi y obeso


          El dolor que supera la línea de un horizonte cualquiera pretende ser humo fabril, pero abandona pronto el deseo pesaroso de su inoperancia real. El dolor se engaña a sí mismo como se engañan las viudas de Calella, que preferían antes el repudio de sus esposos fallecidos en lejanas contiendas que almibarar sus recuerdos con rememoraciones infatuadas. La obsidiana, el rencor y la barbarie argentina, éstas sí son materias para calibrar escalas de dureza. La tiza de tus besos, Casta amiga, me recuerda la arcilla de otro tiempo, ni mejor ni peor, quizás más blando y pastoso. Hoy, la ausencia de nieve me anula toda la poesía que creía llevar dentro. Mañana, aunque las cimas de mil montañas se derramen en mis bolsillos, no velaré la noche de los párpados amados, y la muerte, añeja y porosa como las abuelas de Calella, puede que me visite vestida con traje floral y con las manos rebosantes de tiernas y lánguidas larvas, nerviosas y voraces. Pero para que todo eso llegue a consumarse ha de ceñirse todavía más el anillo saturnal sobre los campos de Agramante, han de manar géiseres abruptos de saliva cordial de las bocas apabulladas de decenas de locutores ariscos y, en fin, han de tocar maitines, que ya va siendo hora de proferir rezos y más rezos, como hacen los chamanes de Calella poco antes de volverse locos.

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