Los grumetes de la Mesta castellana acordonaron el ínfimo recinto para la celebración del auto de fe. Leves alondras cifraban aéreos mensajes secretos en un tenue cielo azul de primavera. La obispa Juana cundía azufaifas tiernas en cestillos y artesas de manufactura gitana. Pero el hermoso domingo otoñal se vio de pronto quebrado, como si un rayo inesperado calcinara el bello sortilegio de festejo mediterráneo al que todos los labriegos pensaban asistir si aminoraba o decrecía el número de asesinatos que se cometía en la comarca de un tiempo a esta parte. Tremendo clamor el surgido por la noticia del noviazgo del Supremo con el Constitucional. Yo reclamo a mis alondras, a mis grumetes, a la obispa Juana, a todos los gitanos de la tierra, a los campesinos del mundo y a los asesinos en general que dejen en stand by los sextantes y astrolabios de su propiedad y me demanden la estima y el afecto que les debo y de los que me reconozco en deuda hacia ellos. ¡Que me los demanden, por Dios! ¿Me podría usted, por favor, calar aquel melón? Sí, aquél, el rayadito. Gracias.
64. La senda ciega de la política sueca
Los grumetes de la Mesta castellana acordonaron el ínfimo recinto para la celebración del auto de fe. Leves alondras cifraban aéreos mensajes secretos en un tenue cielo azul de primavera. La obispa Juana cundía azufaifas tiernas en cestillos y artesas de manufactura gitana. Pero el hermoso domingo otoñal se vio de pronto quebrado, como si un rayo inesperado calcinara el bello sortilegio de festejo mediterráneo al que todos los labriegos pensaban asistir si aminoraba o decrecía el número de asesinatos que se cometía en la comarca de un tiempo a esta parte. Tremendo clamor el surgido por la noticia del noviazgo del Supremo con el Constitucional. Yo reclamo a mis alondras, a mis grumetes, a la obispa Juana, a todos los gitanos de la tierra, a los campesinos del mundo y a los asesinos en general que dejen en stand by los sextantes y astrolabios de su propiedad y me demanden la estima y el afecto que les debo y de los que me reconozco en deuda hacia ellos. ¡Que me los demanden, por Dios! ¿Me podría usted, por favor, calar aquel melón? Sí, aquél, el rayadito. Gracias.
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