El piano vibra como los sopletes en un entorno soviético. La melodía destruye el poco dinero que tengo. La mujer baja la escalera en biquini como una hernia antigua e inoperable. Su marido es sucio y pescador, no un sucio pescador como todos pensamos. Ella, aún en la escalera, pero en los últimos peldaños, le da el pandero, un pandero grande y celeste como las burras de Babilonia. Ella es bella, y distiende su tatuaje abdominal una preñez algo más que incipiente. Su marido, el pescador sucio, coge el pandero y desaparece en su coche gris azulado. El piano deja paso a un saxofón de corte caucásico, coros sampleados lo acompañan en sus subidas y bajadas por escalas de acordes ya muy transitados. Me gusta el maní tanto como el silencio, a veces más.
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