21. Vitriolo de estaño


           Éramos once los convocados a la reunión. Cada uno con su cosechadora Rickman B-142 en su versión reformada. Todos con nuestro atuendo habitual de trabajo y nuestra escarapela bien visible. Todos con las nalgas prietas de pura tensión nerviosa. Por la ventana penetraba el aroma de los alhelíes y los melones. También penetraba por la ventana el presidente del comité de festejos, pero de manera equivocada. Este señor, nacido en Ostende y criado en una floristería de Túnez, intentaba socavar el honor de la hija de Vargas el tabernero, que vivía dos casas más allá de aquélla en la que estábamos celebrando nuestro siniestro conciliábulo agrícola. El rumor de las olas y la algarabía de los pelícanos y gaviotas no se oían, no penetraban por ventana alguna. Un sinfín o un sin fin o un sifn in o un sinn fein de libélulas castrenses sí penetraba en formación por la ventana. Al final optamos por cerrar la ventana. Informamos al presidente del comité de festejos de lo que allí se cocinaba, le pareció óptima nuestra asamblea y los fines que pretendíamos conseguir con ella. Se le rellenó la ficha de ingreso, extendió un cheque con la cuantía de la cuota y quedó admitido como socio de pleno derecho. Más tarde, la luna iluminaba los campos, la noche se extendía como los presagios y unas alas nerviosas de murciélagos despavoridos arañaban por aquí y por allá la tenue neblina que se iba alzando desde la superficie del pantano.

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