Cuando me doctoré en el Instituto de Investigación de Metales No Ferrosos de Pekín no sabía qué hacer. Mi padre siempre quiso que fuera novillero y mi madre, estraperlista. Estaba ofuscado, sin dinero, a las afueras de Pekín, hambriento y con mi título de Doctor. Muy a mi pesar pensé en enamorarme de alguien, en transcribir mis afectos a un idioma erótico de fácil comprensión para aquellas jóvenes orientales que, montadas en sus bicicletas, me sonreían en cada esquina. Y así fue cómo me casé con Siu Li, muchacha dulce como un colibrí garrapiñado, prudente como los relojeros de Dresde, de una belleza tenue como el ámbar gris, y ligera como su bicicleta. Trabajaba en la manufactura de peonzas, y yo daba clases de castellano en la universidad a un nutrido grupo de funcionarios sordomudos. Tenemos un hijo llamado Lu-hi Matallana. Pero no soy feliz y pienso acabar con mi vida el jueves. Aquí no hay futuro, y en mi país huele cada día más a pis. Siu Li se está poniendo gorda como las adivinas de la antigua Bizancio, despótica como el sátrapa de los bosques, indecente como una canzonetista sarda. Lu-hi es tonto.
23. La Horda Dorada
Cuando me doctoré en el Instituto de Investigación de Metales No Ferrosos de Pekín no sabía qué hacer. Mi padre siempre quiso que fuera novillero y mi madre, estraperlista. Estaba ofuscado, sin dinero, a las afueras de Pekín, hambriento y con mi título de Doctor. Muy a mi pesar pensé en enamorarme de alguien, en transcribir mis afectos a un idioma erótico de fácil comprensión para aquellas jóvenes orientales que, montadas en sus bicicletas, me sonreían en cada esquina. Y así fue cómo me casé con Siu Li, muchacha dulce como un colibrí garrapiñado, prudente como los relojeros de Dresde, de una belleza tenue como el ámbar gris, y ligera como su bicicleta. Trabajaba en la manufactura de peonzas, y yo daba clases de castellano en la universidad a un nutrido grupo de funcionarios sordomudos. Tenemos un hijo llamado Lu-hi Matallana. Pero no soy feliz y pienso acabar con mi vida el jueves. Aquí no hay futuro, y en mi país huele cada día más a pis. Siu Li se está poniendo gorda como las adivinas de la antigua Bizancio, despótica como el sátrapa de los bosques, indecente como una canzonetista sarda. Lu-hi es tonto.
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